Un hombre encontró en una ocasión un huevo de águila. Se lo llevó a su casa y lo puso en el nido de una gallina de corral.
El huevo fue incubado por la gallina, y el aguilucho nació y creció con la nidada de pollitos.
Durante toda su vida, el águila hacía lo mismo que las demás gallinas, puesto que pensaba que era una gallina como las demás: piaba, cacareaba, escarbaba la tierra en busca de lombrices e insectos... Incluso sacudía las alas y volaba unos pocos metros, casi a ras de tierra, para luego aterrizar torpemente en el suelo. Después de todo, ¿no es así como vuelan las gallinas?
Pasaron los años, y el águila fue envejeciendo. Un día divisó, muy por encima de ella, contra el gran cielo azul, un ave magnífica que flotaba elegante y majestuosamente entre las corrientes del aire, moviendo apenas sus poderosas alas doradas.
La vieja águila miraba asombrada hacia arriba y preguntó a una gallina que estaba junto a ella:
- ¿Qué es eso?
- Es el águila, el rey de las aves - respondió la gallina.- Pero no pienses en eso; tú y yo somos diferentes de el.
De modo que el águila no volvió a pensar en ello. Y murió creyendo que era una gallina de corral.
Las personas que tienen una baja opinión de sí mismas son como esa ave majestuosa que, desconociendo sus capacidades, nunca logró levantar el vuelo.
Conte extret del llibre "El bosque de la sabiduría", de Francesc Miralles i Àlex Rovira.
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